jueves, 7 de octubre de 2010

El poder curativo del calor

Cuando bajan las temperaturas se aprecia más la importancia del calor. El propio cuerpo lo genera para reforzar sus defensas pero también se puede recurrir a él para aliviar el dolor y ciertas dolencias.

El calor generado por el propio cuerpo o el aplicado con fines terapeúticos procuran beneficios en muchos ámbitos.
En las células las temperaturas moderadamente altas incrementan los procesos metabólicos, que se ralentizan al cruzar cierto umbral. Las células inmunitarias resultan más eficaces frente a virus, bacterias y células precancerígenas. También se acelera la reparación de tejidos.
Los vasos sanguíneos se contraen y luego se dilatan, lo que mejora el flujo de sangre y la nutrición celular. La dilatación disminuye la presión arterial. Además la sangre se alcaliniza y esto reduce la viscosidad y la glucemia, pues se intercambia más líquido con el sistema linfático.
Ayuda a eliminar sustancias tóxicas, sea a través del sudor o la orina.
Mitiga las secreciones digestivas y aumenta los movimientos intestinales aplicado a nivel local.
A nivel muscular relaja y ablanda músculos, tendones y cartílagos. Es antiespasmódico, aumenta la elasticidad y calma la fatiga.
Sobre la piel, aumenta su temperatura y provoca la llegada de sangre, además de la transpiración.
Reduce la sensibilidad al dolor de las terminaciones nerviosas, por lo que resulta sedante y analgésico.

Cuándo está indicado
  • Estrés e insomnio, aplicándolo en baños calientes y con otras técnicas de hidroterapia con agua caliente.
  • Lesiones músculo-esqueléticas (contusiones, desgarros musculares, esguinces, tendinitis o fracturas).
  • Problemas circulatorios.
  • Enfermedades autoinmunes como la artritis. Es necesario consultar con el médico especialista.
  • El cansancio crónico y la fibromialgia, con una «fiebre artificial» suave. Muchos pacientes se sienten con más energía tras las sesiones.
  • Neuralgias y angina de pecho.

    El calor tiene algo que gusta a todos. Al sumergirse en un baño templado, arroparse en la cama o tomar el sol, nos sentimos reconfortados. Pero el calor se ha revelado además como una ayuda eficaz para recuperar la salud y el bienestar. Con este fin ha sido utilizado desde hace miles de años y la ciencia actual está desarrollando sus posibilidades. El calor puede ayudar a superar rápidamente las afecciones leves comunes, alivia las molestias de enfermedades crónicas y tiene un papel positivo en alteraciones graves como el cáncer.
    El cuerpo humano debe mantener su temperatura interior dentro de un estrecho margen –entre 36,5 y 37,5 ºC– para que todas las funciones fisiológicas se realicen correctamente. Por eso, cuando hace mucho frío o mucho calor, el organismo está dotado de mecanismos para conservar el calor o perderlo. La transpiración, por ejemplo, hace descender la temperatura, mientras que la actividad muscular, la aumenta.
    Sin embargo, en determinadas situaciones resulta beneficioso un ligero incremento de la temperatura. Cuando una bacteria o un virus representan una amenaza para la salud, el cuerpo responde aumentándola por encima de lo normal. Curiosamente las bacterias y los virus patógenos son más vulnerables al calor que las células sanas. Cuando la temperatura se sitúa entre los 38 y los 39 ºC, las células inmunitarias trabajan de manera más eficaz y penetran más fácilmente en el tejido corporal enfermo. También mejora el aporte de oxígeno y de nutrientes a los órganos afectados. Por tanto, la fiebre constituye uno de los recursos más eficaces del sistema inmunitario y no debe cortarse a menos que represente un riesgo.

    Manuel Núñez y Claudina Navarro

  • Fuente: http://www.cuerpomente.com/titular.jsp?TEMA=31586&a=2&numatra=31572

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